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viernes 18 de enero de 2008

UN ÁRBOL

Quiero subirme,
a las ramas,
de un árbol añejo;
y hacer de mi vida,
con la suya una:
Dejar mis anhelos,
y ver desde arriba,
cómo pasa el tiempo;
que mi piel, soporte,
los rigores del viento,
que sea inmutable,
ante lo venidero,
pero que renueve sus bríos,
cuando pase el invierno.
Quiero sentir,
cuando se pose en mí,
un jilguero,
y oír su dulce canto,
y su gorjeo;
también,
el ruido de las hojas,
y el temblor de los besos,
que se dan los enamorados,
en juegos traviesos;
dar muchas señales,
sin hacer aspaviento:
Sombra para el forastero,
dar cabida a nidos divinos,
con sus pichonzuelos,
ofrecer flores,
que perfumen el campo bendito,
sentir la fresca brisa,
que lleva el refresco,
a las rojas mejillas,
de sendos labriegos;
y así, ser testigo de los deseos,
espectador de la vida,
de las estaciones,
y de los vientos;
para comprender,
todo lo que sucede en su seno,
y ser como el árbol,
que es a la vez,
fruto y raíz de vida.